Las apariencias engañan
Era él, me lo acababa de
cruzar. Iba vestido elegante, con traje y corbata. Al principio parecía buen
hombre, simpático, amable, chistoso… pero no. No lo era, lo parecía sí, pero no
lo era. La primera vez que hablé con él me preguntó mi nombre:
- Manuel Zarago.- le dije como si fuera un soldado.
- No te pongas en guardia Manuel, que no muerdo-contestó, Alfonso.
Cuando me dijo eso pensé
que era un buen chico, además de ser joven y guapo, parecía buen chico. Un poco
novato también, pero con mucho dinero, porque había adquirido una de las
empresas que dan más beneficios de todo Transilvania.
Yo llevaba más de
dieciocho años trabajando en aquella empresa. Había visto todos los cambios:
cuando estuvo en obras, cuando algunos niñatos quemaron media empresa para
reivindicarse y otras muchas.
Era el más viejo de todos
los trabajadores, y, a mi modo de ver, el que más trabajaba. Tenía un
buen sueldo, mayor que el de los otros trabajadores; yo llevaba mucho más
tiempo trabajando, ellos acababan de empezar.
Pero cuando compró la empresa
Alfonso todo cambió. Al cabo de unas semanas de incorporarse a su puesto, empezó a despedir
al personal. Compró mucha maquinaria y sustituía personas por máquinas que
hacían el doble de trabajo y mucho más rápido.
Yo aguantaba, seguía
trabajando como siempre pero llegó el día en que mi sueldo empezó a bajar, yo
no dije nada porque así me lo enseñó mi padre. Me daba miedo perder la faena.
Eran tiempos difíciles aquellos y en casa éramos seis. A mi mujer y a mi hijo
mayor los habían despedido hacía poco de sus trabajos, y en casa solo entraba
el dinero de mi sueldo. No quería protestar por miedo a que me despidieran.
Me estaba haciendo mayor,
pero mi ritmo de trabajo era el de siempre. No hablaba con nadie, no me
distraía. Mi jefe estaba contento y un día me llamó a su despacho. Tenía miedo,
mucho miedo. Me temblaban las piernas. Por suerte me pidió un favor. Necesitaba
un muchacho joven y fuerte para hacer de mozo de almacén. Me dijo que estaba
interesado en mi hijo. Lo contrató. Pero le hizo una mala jugada. Empezó a
bajarle el sueldo, incluso por debajo de los mínimos. No cobraba ni dos euros
la hora. Mi hijo reaccionó mal, estaba tan enfadado que de un puñetazo rompió una
máquina, y no era una que pudiesen sustituir por un hombre. Era la más
importante. Mi hijo no quería perder el trabajo ahora que había conseguido ese
así que me lo vino a contar asustado. Yo pensaba decirle al jefe que pagaría la
máquina con mi sueldo. Todo lo que costase arreglarla. Pero no fue así. El jefe
nos llamó a los dos a su despacho. A mi hijo lo denunció por romper la máquina,
y a mí me dijo que si pasaba alguna cosa más conmigo o con mi hijo nos echaba a
los dos.
Por lo sucedido me bajó el
sueldo aún más, yo ya no aguantaba. Al cabo de un mes a mi hijo lo encarcelaron
porque no se presentó al trabajado ni pagó la reparación de la máquina.
El jefe seguía haciendo
de las suyas, y yo ya no podía más, hasta que lo hice. Quemé la empresa de mi
vida, la empresa en que empecé a trabajar cuando era un muchacho, la empresa en
que he trabajado toda mi vida, mi empresa.
Al día siguiente cuando
fui a la empresa la policía me detuvo y Alfonso me dijo con toda su rabia
acumulada:
- Lárgate y no te dejes ver nunca más en los años que te queden de vida… espero que sean muy pocos.