1 de juny 2014

Las apariencias engañan


Las apariencias engañan


Era él, me lo acababa de cruzar. Iba vestido elegante, con traje y corbata. Al principio parecía buen hombre, simpático, amable, chistoso… pero no. No lo era, lo parecía sí, pero no lo era. La primera vez que hablé con él me preguntó mi nombre:

  • Manuel Zarago.- le dije como si fuera un soldado.
  • No te pongas en guardia Manuel, que no muerdo-contestó, Alfonso.

Cuando me dijo eso pensé que era un buen chico, además de ser joven y guapo, parecía buen chico. Un poco novato también, pero con mucho dinero, porque había adquirido una de las empresas que dan más beneficios de todo Transilvania.

Yo llevaba más de dieciocho años trabajando en aquella empresa. Había visto todos los cambios: cuando estuvo en obras, cuando algunos niñatos quemaron media empresa para reivindicarse y otras muchas.

Era el más viejo de todos los trabajadores, y, a mi modo de ver, el que más trabajaba. Tenía un buen sueldo, mayor que el de los otros trabajadores; yo llevaba mucho más tiempo trabajando, ellos acababan de empezar.

Pero cuando compró la empresa Alfonso todo cambió. Al cabo de unas semanas de incorporarse a su puesto, empezó a despedir al personal. Compró mucha maquinaria y sustituía personas por máquinas que hacían el doble de trabajo y mucho más rápido.

Yo aguantaba, seguía trabajando como siempre pero llegó el día en que mi sueldo empezó a bajar, yo no dije nada porque así me lo enseñó mi padre. Me daba miedo perder la faena. Eran tiempos difíciles aquellos y en casa éramos seis. A mi mujer y a mi hijo mayor los habían despedido hacía poco de sus trabajos, y en casa solo entraba el dinero de mi sueldo. No quería protestar por miedo a que me despidieran.

Me estaba haciendo mayor, pero mi ritmo de trabajo era el de siempre. No hablaba con nadie, no me distraía. Mi jefe estaba contento y un día me llamó a su despacho. Tenía miedo, mucho miedo. Me temblaban las piernas. Por suerte me pidió un favor. Necesitaba un muchacho joven y fuerte para hacer de mozo de almacén. Me dijo que estaba interesado en mi hijo. Lo contrató. Pero le hizo una mala jugada. Empezó a bajarle el sueldo, incluso por debajo de los mínimos. No cobraba ni dos euros la hora. Mi hijo reaccionó mal, estaba tan enfadado que de un puñetazo rompió una máquina, y no era una que pudiesen sustituir por un hombre. Era la más importante. Mi hijo no quería perder el trabajo ahora que había conseguido ese así que me lo vino a contar asustado. Yo pensaba decirle al jefe que pagaría la máquina con mi sueldo. Todo lo que costase arreglarla. Pero no fue así. El jefe nos llamó a los dos a su despacho. A mi hijo lo denunció por romper la máquina, y a mí me dijo que si pasaba alguna cosa más conmigo o con mi hijo nos echaba a los dos.

Por lo sucedido me bajó el sueldo aún más, yo ya no aguantaba. Al cabo de un mes a mi hijo lo encarcelaron porque no se presentó al trabajado ni pagó la reparación de la máquina.

El jefe seguía haciendo de las suyas, y yo ya no podía más, hasta que lo hice. Quemé la empresa de mi vida, la empresa en que empecé a trabajar cuando era un muchacho, la empresa en que he trabajado toda mi vida, mi empresa.

Al día siguiente cuando fui a la empresa la policía me detuvo y Alfonso me dijo con toda su rabia acumulada:

  • Lárgate y no te dejes ver nunca más en los años que te queden de vida… espero que sean muy pocos.

Las Persianas


LAS PERSIANAS


Nuestras persianas son unos de los músculos más importantes de nuestro cuerpo, aunque solo midan dos centímetros. Al final de la persiana superior y al principio de la persiana interior, hay una especie de escoba que barre el paso al polvo y a las pequeñas impurezas que se puedan meter en su interior. Nuestras persianas se abren y se cierran en milésimas de segundo. El movimiento es tan rápido que ni si quiera se ve. Lo hace miles de millones de veces al día y si queremos evitar que se cierren sufrimos un picor y unas ganas terribles de cerrarlas antes de ponernos a llorar.

Las persianas son como tiendas. De día están abiertas y en sus escaparates muestran uno de los tesoros más bonitos y preciados que tenemos. Los hay de diferentes colores: verdes, azules, marrones, pardos, grises, negros... Además podemos expresar mil y una sensaciones según cuál sea el movimiento de ellas: pena, tristeza o alegría. Abriendo y cerrando rápidamente coqueteamos y enamoramos, y si lo hacemos lentamente el misterio está servido.

Al final del día las persianas se cierran igual que los escaparates de las tiendas. Están cansadas de tanto movimiento, luces y miradas y necesitan descansar plácidamente, para que el día siguiente puedan de nuevo estar en forma y ejercer su función.